Lex Hermae

Ego, Prisca, me ordinem sodalesque fideliter adiuvare me vivo hac re iuro.

divendres, 12 de desembre de 2014

La hermandad del cálamo y el chico que soñaba con la perpetuidad, de Barrikada

Me hace mucha ilusión publicar este cuento que Barrikada, un coleguilla del foro Ábretelibro, envió a uno de sus numerosos concursos literarios.

He de decir que no está dedicado desde el inicio para mí, como me explicó en su momento, pero su protagonista encajaba conmigo y acabé formando parte de su "circo", tal y como lo llama. Y yo orgullosa de haber inspirado, que una no es musa cada día.

Pues aquí os lo dejo, disfrutadlo (aunque haya muchas referencias personales del foro) porque está escrito de maravilla.

¡Gracias, Barrikada!



Copas con restos de champagne y marcas de rojo carmín, confeti esparcido por el suelo y retazos de poesía marchita entre la ceniza anunciaban que la fiesta había terminado. Aunque intuía en qué condiciones, no sabía cómo había acabado detrás de la barra, ni tampoco cuánto tiempo llevaba durmiendo allí. Una fuerte resaca nublaba mis pensamientos. Y es que nunca aprendo, la suficiencia y la modestia no se pueden mezclar. No quedaba ni un alma y el salón estaba sumido en el silencio. Un cartel de colores anunciaba los ganadores del último concurso, evocándome la decepción que había sufrido al no estar entre los elegidos. Paulatinamente, fui rememorando los aplausos, los discursos, las felicitaciones y el desbarre.

Durante la gala, la mayoría de hermanos pasaron ante mí comentado que les había encantado mi creación, que tenía traza y una brillante carrera ante mí. En cambio, tan solo uno, el hermano iluminado de alas arqueadas, aquél que había creído ver cosas en mi texto que ni yo misma imaginé, me había dado su aprobación en forma de voto. De esta forma, no tuve más remedio que proyectar mi frustración tratando de agotar las reservas de licor presentes. Al no ser inmune a sus efectos, tras repetir la palabra enhorabuena con una lengua que se transformaba en trapo, mi verborrea se centró en una encarnizada crítica a los literatos de masas que inspiraban las obras galardonadas, alejándose del propósito de reinstauración clasicista del galardón. Mi actitud levantó ciertos recelos y una de las hermanas jueces tuvo que salir a poner paz justificando la holgura del concepto clasicista. Desesperada ante la poca efectividad de sus argumentos, decidió enseñar un pecho para acallar el revuelo. Al fin y al cabo, aunque somos gente de exquisito paladar, a nadie le amarga un dulce.

Poco después, el hermano robot de hojalata, uno de los ganadores, tuvo la bondad de ponerme al corriente de la situación. Al parecer, la hermandad estaba a punto de ser vendida a una editorial famosa y había seleccionado las obras más comerciales. Para colmo, el hermano robot me confesó que le dieron el chivatazo media hora antes de cerrar el concurso para conseguir ceñirse al propósito. Después me invitó, por privado, a pasar la noche de gloria junto a él en un retiro erótico-lúdico-festivo que decliné. No es que tenga miedo a sentir su frío metal en las profundidades de mi piel, pero no me suelo conformar con tercerones; yo nací para aspirar a la gloria. No conseguí recordar nada después de aquella escena, aunque el hecho de encontrar mi tanga de leopardo sobre la manivela del aseo no auguraba nada bueno. O sí, quién sabe.

Todavía aturdida, decidí dar un paseo por las diferentes estancias del templo, la sede de la hermandad, en la que todos los hermanos residíamos en calidad de internos. En realidad, nuestra estancia en el templo era voluntaria, sin embargo, una vez obtenido el estatus de hermano, nadie quería retornar a sus casas y enfrentarse a su vida real. Un día te dejas sin limpiar el polvo de casa, al otro sin recoger a tus hijos y después tratas de convertir a tu familia a la hermandad. Ése era el caso de la hermana bacteriana, quien había introducido a su marido, el hermano Silencio de Invierno, antiguo trabajador del triángulo verde, que además había donado todos sus bienes a la hermandad. He de admitir que no nos trataban mal. Los chuscos de pan eran decentes, los camastros acogedores y teníamos la seguridad plena de sentirnos realizados. Nuestras grandes creaciones se divisaban en el horizonte; pero ante el miedo de que finalmente prosperaran y se convirtieran en best seller de cariz imperfecto, preferíamos que permanecieran sólo en el horizonte de nuestra imaginación.

En una sala de vivos colores, divisé una multitud de hermanos sentada sobre alfombras que escuchaba el último relato de una de las hermanas más vetustas.

– – Calafatear, o no calafatear, he aquí la cuestión –dijo la hermana Dublín mientras acariciaba una bola de pelo. La multitud respondió con asombro ante la revelación y un hilo de alabanzas inundó la estancia.

–– Oh, poderosa y amada profeta ––interrumpió el hermano Mael––. ¿Acaso tu infinita bondad me permitiría leer un humilde pasaje influenciado por el legado de Stephen King dedicado a su excelencia?

La hermana aprobó la petición y se procedió a la lectura. Tras secarse las lágrimas de emoción y repasar todas las fórmulas con las que la lengua castellana permitía dar las gracias, la hermana Dublín se despojó de su bata roja y se entregó a su discípulo. Al final, al hermano Mael le había merecido la pena haber presentado obras similares inspiradas en Saramago, Poe, Vargas Llosa y otros cien autores del gusto de su profeta. El resto de hermanos formaron un corro que rodeaba la pareja, comentando lo perfeccionista y estética del hacer amatorio de la hermana.

Proseguí mi paseo por la biblioteca del templo. Millones de libros poblaban las estanterías, aunque la mayoría eran repetidos para poder llevar a cabo multitudinarios miniclubs de lectura que los hermanos invisibles realizaban con frecuencia. Existía una sección de diccionarios, abandonada desde el hallazgo de referenceword, en la que se ocultaban libros prohibidos por la cúpula de la hermandad. De este modo, los hermanos Rana y Simkin podían leer libros sobre highlanders sin miedo a represalias. En las mesas de producción estaba sentada la hermana Vívine, quien había comenzado a redactar el relato para el concurso de dentro de dos años. Sin duda, era una hermana previsora, le gustaba escribir con calma y releer el relato no menos de un millar de veces. Sorprendentemente, la hermana Carduelis, esmerada y deslumbrante creadora, no la acompañaba. Después de relatar su visita en el pueblo de Noceda y tugurios varios donde aparecen cabezas parlantes, había decidido dotar a sus historias de cierta verosimilitud y viajar a Armada en busca de la cicatriz.

En los exteriores del templo solían encontrarse dos tipos de hermanos desligados de los aspectos académicos y entregados al equilibrio entre mente y cuerpo: los hermanos divinos y los hermanos animales. La hermana Asteroidea recitaba poesía impregnada de heroína, mientras que la hermana Diosa de Oro se dedicaba a la clasificación de los distintos componentes que formaban el humor. Se decía que además de cojonero, descojonante, con un par y placebo, estaba a punto de demostrar la existencia del elemento definitivo. En los huertos del templo se solía ver al hermano topo trabajar la tierra, quien últimamente se mostraba obcecado en la plantación de sandías meloneras. Me extrañó no ver al hermano Chucho vagar sin rumbo con su recién estrenada banda de ganador. Era adorable, tenía el don de tocar las narices con una precisión y un mimo envidiables.

De repente, el rumor de unos pasos apresurados llamó mi atención. Una pareja de ancianos corrían por el pasillo hacía mi posición. Ella era una mujer de avanzada edad que irradiaba juventud por toda su piel; él un hombre maduro de poco pelo armado con una escobilla. Sin lugar a duda, se trataba de Don Eristiardo y Doña Margarita, protagonistas de dos brillantes historias presentadas al último concurso y desechadas por las hermanas jueces. En sus cuerpos había numerosas marcas de golpes y desprendían un olor bastante repugnante. Por lo que me comentaron habían conseguido escapar del aposento, un lugar del templo del cual desconocía su existencia, donde habían sido apresados, torturados y privados de higiene y alimentos. Les indiqué por dónde debían salir y a cambio ellos me explicaron cómo se entraba al aposento. Por último, me confesaron que alquilarían una casita en la playa y se dedicarían a ver pasar la vida por el día y a darse un último gusto al cuerpo.

Según las indicaciones recibidas, el aposento era una minúscula habitación situada en la parte superior del templo, donde habitaba la cúpula de la hermandad. Una de las puertas del aposento estaba situada en la mesa de recepción, donde entregábamos a nuestras creaciones en los períodos de concurso. Por fortuna, debido a la excitación compositora casi demencial que había en la hermandad, estaba abierto el plazo para la recepción de nuevos trabajos cuyo tema debía ser los hermanos. Es decir, que podía entregar una historia en la que la protagonista fuese yo misma y de ese modo acceder al aposento. Escribí durante veinte minutos una historia genuina sobre enredos de faldas entre hermanos que desembocaba en una oleada de asesinatos. Además de la menda que hacía de protagonista embutida en un disfraz de Elvis Presley, decidí incluir a los hermanos Tolomito, Murciélago y Boikot; en el papel de sicarios a sueldo; al hermano Misso como experto en incontinencias y emergencias; a la hermana Feliz en la de chica fatal y al hermano Elprimero como un sacerdote integrista que en sus ratos libres era el proxeneta de la hermana Pulpa. Fui pulcra en la puntuación, inserté diez aovillados y doce níveos para embellecerlo, le di un giro a la historia apoteósico despistando al lector y escritor y puse una frase aludiendo a la bondad, belleza y sabiduría del jurado. Envié la creación a la hermana Lisa, periodista de difusa reputación, pero de exquisito gusto para las correcciones. Comprobé que la historia tuviese las palabras exactas, pero como se pasaba en el número de páginas ajusté los márgenes hasta su inexistencia y después reduje el tamaño de letra hasta que cupo. Anexé la plantilla de derechos firmada, mi documento de identidad y las gafas de Rompetechos para conservar la vista del jurado.

La hermana juez Lifencia revisó la creación, confirmó mi participación y nos introdujo en el deseado aposento. La habitación tenía una luz tenue y estaba atestada de jaulas en las que se encontraba un variopinto entramado de personajes. Pude reconocer a Jonás Remolque al borde de la locura repitiendo para sí mismo una y otra vez la palabra crisis; Dettmar Gansler tocaba una armónica espacial, mientras Earnie Shawn le descifraba partituras; y Paulo Coelho robaba retazos sin terminar del hermano Raúl que pronto se convertirían en superventas de la sección de ciencia ficción del triángulo verde. Casualmente, en las jaulas no localicé a Anselmo, ni al hombre que devoraba las cartas escritas a Piedad, ni tampoco había rastro de los tripulantes del Aquitania o de Andrés y su filosofía existente, las estrellas de las obras galardonadas en el último concurso. Fuera de las jaulas, a nuestro lado, esperaban el resto de personajes que protagonizarían otros relatos con temática de hermanos. Era curioso verse a una misma repetida tantas veces, contemplar la diversidad de papeles con los que otros hermanos me habían metido en sus historias: de enfermera cachonda, de bombera potente, de conejita playboy, de pilingui… No creo que mi comportamiento diese motivos para ello, pero era como para replantearse qué imagen estaba dando.

En un abrir y cerrar de ojos conseguimos liberar a todos los personajes de las celdas. Incluso mediamos para que Saturnino se reconciliase con su amada entrada en carnes de visión neblinosa y conociese a su señora madre. Pero mi deber no era sólo el de liberar a aquellas celebridades maltratadas que habíamos creado con cariño y un poco de ilusión, originalidad y paciencia, que nos habían hecho reír, llorar o maldecir en arameo al correspondiente hermano por tan gustosa tortura. No, mi deber era el de esclarecer cuales eran las intenciones de la cúpula para con el futuro de la hermandad y asegurar así su digno propósito de salvaguardar la pureza de la palabra y el encanto infinito de sus formas. Le pedí al resto de protagonistas de los relatos del concurso que me aguardasen en el aposento y abrí una puerta que me llevó hasta una nueva sala.

Allí pude ver a las hermanas sor Lucía y sor Julia ensimismadas con la tarea de encontrar un nuevo anunciante para el templo. Sor Lucía estaba revisando páginas de encuentros y cribando cuáles eran decentes y cuáles no. Sor Julia, por su parte, hacía un estudio riguroso del léxico que utilizaban estas páginas y en su libreta apuntaba el significado de palabras como blowjob, hairypussy o creampie, no sin antes gritar escandalizada. Sin previo aviso, apareció por mi espalda un grupo con formas poco amistosas. Eran el hermano Chucho, acompañado de su can Anselmo y Armando, el herrero, quien empuñaba una escopeta de cañones recortados en la diestra y al que le acompañaba un cabreo cojonudo. Me pidieron de buenas pulgas que les siguieras mientras Armando me sugestionaba gentilmente con el arma. Qué valiente es un hombre armado, pensé. Entretanto, las hermanas sor Lucía y sor Julia estaban tan absortas en su labor, que ni siquiera se dieron cuenta de qué estaba pasando.

Los tres, junto al can, entramos en un despacho abarrotado de tomos estampados con el mismo sello: Sex Barril, la editorial por excelencia de los autores mediáticos y altamente repudiada la hermandad. Un hombre de pelo corto aguardaba al otro lado de la mesa, ofreciéndonos su espalda. Su fragancia se me antojó familiar, excesiva diría.

–Adorada y bella hermana Brisca, tu saga Invocatium va a ser una bomba –dijo aquel hombre, mientras se volvía hacia nosotros–, como nuestro encuentro de anoche….

-– ¿Eres tú, hermano David, el que está detrás de todo esto? –pregunté sorprendida por la doble noticia.

–– Bueno, ya sabes, ¿quién podría sospechar del chico más deseado de la hermandad? Trabajo en esto desde hace mucho tiempo, y sí tenéis mucho talento, pero os falta ese toque de visión comercial, saber qué es lo que le gusta a la gente, cómo llegar al corazón y a la sonrisa. No puedo permitir que cualquier creación de la hermandad sea elegida para la gloria. Por eso creé el aposento, o como a mí me gusta llamarlo el apagado de bombillas, donde el hermano Chucho maquilla vuestras creaciones a base de amor y ternura antes de que las hermanas juezas las vean. Como el gobierno, tratamos de generar confianza a los peces gordos. En breve, firmaremos el acuerdo y el templo se convertirá en un taller de negros. ¿Te imaginas la nueva obra de Elvira Lindo escrita por la hermana Rutina o a la hermana Ayre trabajando mano a mano con Donna Tart? Y lo mejor, ¿te ves a ti recogiendo el premio Flameta el próximo año? Sólo necesito tu colaboración y su silencio….

–– Debo pensar -lo…– comencé a decir cuando noté el cañón de la escopeta de Armando–. Está bien, aceptaré, pero antes dime, ¿cómo pudiste burlar al resto de hermanos si las creaciones son publicadas y comentadas por todo el mundo?

–– No seas ingenua, querida Brisca. ¿Crees que alguien vuelve a prestar algún tipo de atención a su creación tras haberla repasado tantas veces? Y, ¿no has pensado alguna vez por qué nadie comprende todos los matices perfectamente hilados de tus historias?

De esta manera, y debido también al embelesamiento de Sor Lucía y Sor Julia con las maravillas de las artes eróticas, la hermandad se convirtió en el sueño del hermano David, que pasó a denominarse Eros Atenea, el dios infinito de la sexualidad y la sabiduría, al cual había que rendirle culto una vez al día. En cuanto a mí, un año después salió publicada mi novela y fue galardonada con el premio Flameta. Lástima que fuera Matilde Asensí y no yo la que subiera a recogerlo, vendiera millones de copias y se tradujese hasta en catalán. Su premio Nobel estaba en camino, decían los periódicos. En cualquier caso, estaba exultante, el hermano David supo recompensarme. Deformó el resto de relatos con temática de hermanos reduciendo sus argumentos a zafios asesinatos, humor de inapreciable finura y haciendo que el hermano Chucho destrozase sus argumentos a placer en las tertulias, dejándome así que fuese la primera ganadora del concurso de hermanos. Eso además de su cuerpo cálido y suave noche tras noche.

2 comentaris:

  1. Buenas Verditia!

    Me alegra mucho que hayas compartido ese retal por aquí. Como bien explicas caíste por ahí sin saber muy bien como, pero ha sido un placer moldearte a mi antojo y devolver el feedback introduciéndome en tu obra. Estaré atento a este blog!

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  2. Me hizo mucha ilusión leerte y descubrirme a través de tu imaginación, ¡fue todo un regalo! Y el placer es mío por tener la oportunidad de leerte. De leeros a todos en el foro :)

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