Lex Hermae

Ego, Prisca, me ordinem sodalesque fideliter adiuvare me vivo hac re iuro.

dijous, 24 de juliol de 2014

La educación de un héroe

Estoy contenta. Hoy es uno de esos días que no hace falta nada más para saber que el día acabará bien, y todo porque mi cuento La educación de un héroe ha quedado en el octavo puesto del concurso de verano del foro Ábretelibro.

En realidad, más que el puesto, con lo que más he disfrutado ha sido con los comentarios, tanto con los que ha recibido mi cuento -he aprendido mucho de ellos-, como con los que yo he hecho a los demás relatos, porque leer a otros escritores es un placentero espionaje industrial -en este caso, intelectual y creativo-. Corriges o aprecias sus errores y sus aciertos, y después esa experiencia se queda almacenada en algún lugar del inconsciente como futuro combustible para la inspiración venidera.

Es, sin duda, una de las experiencias más plenas de este verano tan viajero.

Y aquí, para disfrute y curiosidad de quien lee, mi relato:


 La educación de un héroe



Abro sin miedo la puerta del sótano, decidido. Las ansias de aventuras veraniegas aletargan cualquier otra emoción que me haga cambiar de parecer: la suerte aún no está echada y yo, igual que Marco Polo, iniciaré un nuevo viaje hacia mi destino.


Una nube de polvo fracasa en su ataque a mis pulmones y mi risa ganadora suena ahogada tras el pañuelo de mi hermana, que me enmascara medio rostro como a un nuevo hermano Dalton.

Mis ojos de explorador –experto en un millón de viajes a bordo del Argo– se van acostumbrando a la neblina y la penumbra. Cajas mal precintadas, muebles cubiertos por sábanas durmientes y trastos fascinantes que alimentan mi imaginación de doctor Frankenstein me dan la bienvenida a crujidos y silencios.

Agitado, contengo la respiración lo suficiente como para que la sorpresa no se convierta en grito alborozado; el sótano de la abuela está lleno de tesoros que me han estado llamando con sus cantos de sirena desde el primer día que llegué.

¿Por dónde empezar? Lo primero, luz adecuada y aire respirable, no debo perder mi estricta disciplina de arqueólogo aventurero, así que me subo a una silla de equilibrista circense y abro la ventana, enquistada en su marco de madera hinchada ¡Por fin una brisa fresca!  El sol justiciero recorta mi figura en el suelo polvoriento y me quedo embobado viendo la sombra del pañuelo volando tras de mí: siento que el sol acaba de investirme como nuevo superhéroe de la casa.

Estoy más animado que nunca. He previsto todos y cada uno de los peligros a los que me podría enfrentar, y no habrá armario empotrado, caja custodia o espejo encantado que me impida descubrir lo que la casa tiene guardado para mí. Porque yo soy el resultado invicto de nueve años de lectura –contando también los primeros años que mi madre me leyó cada noche antes de dormir, claro– y mi experiencia en aventuras es infinita.

¡No habrá barco pirata que me alcance ni dragón avaro al que no dé caza! Y unas vetustas cajas de madera no son rivales para mí.

Desenfundo mis herramientas, preparándolas para la inminente misión de búsqueda: tijeras de cocina, fuertes y dispuestas; cuerdas de tender la ropa, resistentes y maleables; bolsas de plástico, depositarias de las joyas que vaya descubriendo; y el pañuelo multiusos que me desanudo a estirones.

Sin prisas, recorro la gran sala, tan grande como el foso de Camelot. Brillos de lámparas abandonadas por sus genios y cabeceros de camas inexistentes llaman mi atención, pero no son esos los tesoros que busco. Avanzo despacio, tanteando con mis pies en chanclas donde mis manos no llegan. No debe quedar rincón sin inspeccionar ni cajón por abrir.

Los tesoros empiezan a amontonarse en la bolsa: postales viejas y descoloridas de gente que no conozco, una flauta travesera –la guitarra sin cuerdas ya la he colocado junto a la puerta porque no cabe en mi saco de los tesoros–, botones militares que me esmero en limpiar con el pañuelo para sacarles algunos destellos, una hucha descascarillada que aún ¡aún! contiene algo que tintinea en su interior, un libro de mecanografía mecanografiado y un extraño recuerdo de Almería.
 
Ahogo un grito de asombro. Por fin he dado con mi Némesis: la Inmensa Montaña de Cajas, que se alza avariciosa, guardando mil y una fortunas en sus entrañas de cartón.
 
Doy la vuelta alrededor de ésta, no porque me dé miedo, sino por encontrar la manera de escalarla sin peligro. En la cima, aliviado porque al fin va a ser rescatado de años de forzado descanso, un cofre que promete un tesoro nunca visto aguarda ser liberado por mí.

La escalada es difícil, ¡imposible! Y mi peso pluma se hunde en el lodo hambriento de celulosa prensada que intenta engullirme. Con los pies doloridos, me retiro vencido aunque no derrotado. 

Mis manos tantean la herramienta adecuada para superar este obstáculo hasta dar con la cuerda, que hábilmente se convierte en un improvisado lazo de rodeo. No pasaré a los anales de las leyendas por mi puntería, pero no tengo prisa y sólo yo escribiré mi historia, así que aunque no lo logro a la primera, ni a la segunda, ni a la décima, al final el cofre cae desmayado y yo corro para cogerlo con el mullido pañuelo antes de que toque tierra.


Mi corazón se acelera ante la inminente abertura, sabedor de que ésa es la recompensa a todos mis esfuerzos. La suerte me sonríe, la llave está puesta. Un quejido agudo abre la obertura en Mi menor del momento más ansiado. 

Un reloj de pulsera perdido en el tiempo parado. Lo sopeso, impresionado por su dureza y el porte elegante que todavía irradia aunque no funcione, y me lo pongo en la muñeca como medalla de mi éxito.   

Aunque alucinado con mi descubrimiento, rebusco el contenido adicional del cofre que no encuentro hasta que atino a abrir un pequeño compartimento. Un puñado de plaquitas metálicas salen disparadas a mis pies y se desperdigan a mi alrededor. Los galardones militares del abuelo.

Mis manos tiemblan de emoción mientras los inserto en mi camiseta deportiva. Esto es más de lo que había imaginado encontrar, y un aura de responsabilidad y honor invade mi alma infantil. Por fin soy un héroe de guerra, vencedor de cien batallas. 


-   ¡Mamá! ¿por qué mi foulard nuevo no está en mi perchero? ¡Mamá, que Enrique está a punto de llegar y quiero estrenar mi foulard! – los gritos de la arpía que posee a mi hermana cuando se enfada rompen la majestuosidad de mi ceremonia personal - ¡Arturo, pequeño monstruo, devuélveme mi foulard!



Suspiro, sabiéndome un incomprendido, y recojo el pañuelo deshilachado y sucio. Una nueva aventura contra la arpía está a punto de comenzar.
 


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