Lex Hermae

Ego, Prisca, me ordinem sodalesque fideliter adiuvare me vivo hac re iuro.

dissabte, 1 de novembre de 2014

Nocturna



Nocturna



Sus besos carmesí humedecieron mis manos, siempre dispuestas a portar mi espada en la guerra; sus besos fundieron el hielo que almacena cada uno de mis dedos para así dar el último golpe de muerte sin remordimiento ni conciencia, para que la sangre que se derrama entre ellos no llegue a mi corazón y pueda engañarlo con las postreras súplicas de una vida que ya ha sido condenada. Pero sus besos... sus besos hechizados consiguieron bombear sangre de fénix en mi corazón de guerrero.



¿Quién era ella, sombra de noche de luna rota? ¿Acaso apareció de la fusión de lago y oscuridad? ¿O quizá no era exacta, y su verdadero semblante fuera el de la lastimera fuente que derrama su regalo a los peces y a las ortigas?



Tal vez por ello el presente de sus labios me lo ofreció a mí, un ser digno de deleitarse con los encantos ocultos que ella guardaba hasta aquel momento, el anochecer de las nubes de fuego. Pero ya no era en mis manos donde recibí su ofrenda, no, sino en mi cuello desprotegido; sin percatarme de su movimiento, silencioso, sutil, había alzado su posición y entonces, con mis manos ya libres de placer, rodeé su silueta fría y frágil de niebla.



Por un momento creí no vivir al no verla, pues debía ver para vivirla; recordé su rostro de hacía unos eternos segundos, mejillas con color de muerte, ojos sin brillo de vida, cabello oscuro que reposaba en las aguas del lago, y a pesar de todo, hermosa, tan hermosa como la oscura alcoba que contiene los antiguos secretos de familia.



Y por fin sus besos se posaron en mis labios, refrescando mi aliento efusivo. La abracé más fuerte aún, sin importarme que su cuerpo de rayo de luna pudiese partirse como una rama de sauce podrida por el agua. Ella era mía, mi esclava, tan mía como yo quisiera y hasta cuando yo decidiera. Deseaba tenerla, que me abrazase como la hiedra, y así lo hizo; sus brazos enredados de sus cabellos me aprisionaron fuerte, parecía como si su cabello también me envolviese, me abrazase, sentía su enredo en la espalda, en los brazos, en las piernas, como suaves brazos y menudas manos. Mi cuerpo quedó totalmente humedecido por aquel sinuoso y múltiple abrazo, y un temblor de debilidad consiguió hacerme abrir los ojos marchitos por el deseo.



Por todos los dioses... allí estaban ellas, todas ellas, besando mis pies, acariciando mis piernas, lamiendo mis manos, ellas, hijas de la medianoche ancestral, reptando por las aguas tranquilas mientras lloraban ínfimos cantos rodados blancos, deseosas de llegar a mí y robar mi calor humano.



Demasiado tarde me di cuenta, demasiado tarde contemplé la verdad en la inmensidad de los pozos negros de sus pupilas tristes... pues mi bella esclava no era mía, sino al contrario; ella era una reina, señora de la agonía y del fuego fatuo, dama del espejismo y del lodo, que cobraba el tributo de mi osadía apoderándose del aliento de mi vida y dejando mis despojos desfallecidos para sus siervas de alma perdida.

En ese instante de condena intenté llorar, consciente de no despertar la piedad de su corazón de piedra de río, por saberme perdido de la luz del sol, pues a partir de ahora sería un errante del crepúsculo en los pantanos lúgubres, y sólo viviría en los sueños inalcanzables. Ya no lograría llegar nunca a la torre más lejana de la más lejana montaña en busca de la doncella de cabellos de luz y rostro de esperanza... pero es que mi esperanza se convirtió en deseo, y el deseo ansió unos labios, labios que ofrecen besos carmesí...

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