Lex Hermae

Ego, Prisca, me ordinem sodalesque fideliter adiuvare me vivo hac re iuro.

dilluns, 19 de maig de 2014

4. Primeros saltitos por las ramas (El nudoso árbol de la vida)



El correo de Ana me ha dado que pensar. En ningún momento me hubiese imaginado que mis bisabuelas me visitan en sueños para no darme un susto de muerte apareciendo como fantasmas. Me imagino la situación y… ¿qué se le dice a una bisabuela muerta con la que prácticamente no has hablado ni la recuerdas? “¡Qué agradable visita! Siéntese aquí, abuela, ¿quiere un vasito de vino dulce para celebrar el reencuentro?”.

Bromas aparte, me empiezo a plantear muchas cosas sobre mi carácter, sobre mi vida. ¿Hasta qué punto ha sido condicionada por las decisiones de mis antepasados? ¿Cuánto es de real lo que me cuenta Ana y no teorías de comehierbas y neoespiritualistas? ¿Cómo puedo yo ayudar a resolver esos conflictos ya pasados si ni siquiera conozco qué conflictos han sucedido? Tantos miedos, tantos tabús, tantos secretos guardados… o simplemente momentos que no han sabido hacerse notar en las historias familiares y han pasado desapercibidos, y que ahora quizá podrían explicar muchas cosas.

Me peleo con mi primer boceto de árbol genealógico y después de cuadritos de texto que se mueven, fechas que no conozco, olvidos que me hacen mover como fichas de dominó a otros familiares, veo que está cojo. Evidente, ¿cómo no había caído hasta ahora? Toda mi rama genealógica se basa en mi parte materna. Ausencia total de las raíces paternas. No es un pensamiento doloroso, al menos de forma consciente, saber que mi padre renunció a mí y a mi hermana cuando se separó de mi madre. Simplemente, es un vacío inexistente suplido por toda la cantidad de familia materna: abuelos, primos, tías, tíos-abuelos, primos segundos y parientes más que lejanos pero cercanos en contacto. Es como si mi madre hubiese sido una Virgen María del siglo XX y nos hubiese tenido a mi hermana y a mí por generación espontánea o por el deseo de su mente superior. Pero ¡no!, hubo un padre que colaboró con sus espermatozoides y que después desapareció cual íncubo medieval –y no, no creo que mi hermana o yo tengamos poderes sobrenaturales a lo Merlín, el más famoso hijo de íncubos-, que tuvo una familia y que esos familiares, mucho más desconocidos para mí que los ancestros más lejanos de mi línea materna, también tendrán algo que aportar a mi árbol genealógico.

Más allá de ver un obstáculo, en mi mente comienza a fraguarse una idea vaga y difusa pero bien anclada en mi inconsciente: averiguar lo máximo posible sobre mi familia. Toda mi familia.

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