Lex Hermae

Ego, Prisca, me ordinem sodalesque fideliter adiuvare me vivo hac re iuro.

dilluns, 26 de maig de 2014

7. El amargo sabor de la verdad (El nudoso árbol de la vida)

Le doy al botoncito rojo del móvil tras despedirme de mi prima Caro. No he parado de agradecerle la (poca) información que ha conseguido averiguar. Hace tanto que no nos vemos, que si no fuera porque tengo innumerables y locos recuerdos de juventud con ella, pensaría que en realidad hablo con un móvil inteligente que cuenta con un sistema de voz agradablemente familiar. Hablar con ella, hablar de ella, me hace sentir vieja; quedan tan lejanas las vivencias adolescentes que a veces temo que la próxima vez que nos veamos tendremos la cara orografiada de arrugas y el canoso pelo de color rubio camuflaje.

Me vuelvo a centrar en mis rápidas anotaciones garabateadas en un sobre del banco. Los nombres desconocidos, las fechas y parentescos facilitados por Caro se me embotan y se enredan en mi mente. ¿Quién era hijo de quién? ¿Quiénes se fueron a Francia y quiénes volvieron? ¿Por qué mi tío Gabriel se alejó de su propia familia y sin embargo no renunció a conocernos a mí y a mi hermana? Demasiadas preguntas y muy pocas respuestas. Esta rama se queda semi desnuda y vacía, como un árbol caduco al final del otoño.

No, no le voy a dar más importancia que la mera curiosidad periodística que desprende. Esa familia es tan mía como lo son los Borbones.

El móvil vuelve a sonar a ritmo de Finntroll y una nueva oportunidad de recopilar información familiar aparece sin esperarlo: acompañaré a mi tía Inés al oftalmólogo. Vendrá expresamente a Barcelona para que la vean en la Barraquer. Parece que el destino también tenga curiosidad por saber hasta dónde puedo llegar en toda esta aventura personal.

El tiempo pasa demasiado deprisa, o yo soy una tortuga humana: ni siquiera me he dado cuenta de que los días transcurren imparables y ya estamos a viernes. Por suerte, ese maravilloso esclavo electrónico que nos hace de memoria externa al que comunmente llamamos móvil me chiva que he quedado con mi tía Inés a las 9:30h en la parada del tranvía.

Ella está igual que siempre; para mí, Inés representa el ideal de belleza hecha mujer, y admiro su rubísima y larga cabellera dorada y su delicada buena educación en sus cincuenta años muy bien llevados. Nos alegramos de vernos, es algo sincero y mutuo, y en cuanto nos sentamos en dos asientos libres nos ponemos al día sin más preámbulos; siempre tenemos cosas que contarnos y nos reímos al explicar algunas anécdotas. Con Inés se puede hablar de todo, irradia una naturalidad especial que invita a comunicarse con ella de cualquier tema, por muy extraño que sea. 

Así que después de unas cuantas trivialidades y cotilleos generales, me atrevo a sacar el tema del árbol genealógico. Le relato el ya cansino sueño con la bisabuela Elvira. Inés me escucha atentamente y muestra mucho interés cuando le comento la teoría de Ana sobre la sanación de conflictos pasados, sin dejar de mirarme con sus fantásticos ojos aguamarina. 

Después de toda mi exposición, ella toma la palabra. Mis oídos se agudizan al máximo para no perder detalle, necesito que su diluida voz se escuche por encima del traqueteo del tranvía y del grupo de adolescentes gritones que se dirigen a alguna parte que ni me importa ni quiero saber, aunque deseo que bajen lo más pronto posible. Sé que ella puede contarme algunas cosas interesantes que nadie más me diría explícitamente, y a falta de tener una libreta a mano, me concentro para absorber cualquier datito jugoso.

- Como ya sabes, mi abuela Elvira fue madre soltera. Tres veces: de mi padre Emilio, de la tía Mariana y de la tía Soledad - yo asiento con la cabeza - ¿cómo se puede vivir en un pueblucho siendo madre soltera después de la postguerra? Solo hay dos respuestas para eso - ella me mira, aprieta levemente sus finos labios pálidos y yo espero impaciente la gran exclusiva - o fue prostituta, la prostituta del pueblo, o su padre, Basilio, abusaba de ella. Dicen que era una mala bestia - Inés niega levemente con la cabeza, condenando esa actitud deplorable - una mala bestia que pegaba a la abuela Elvira, a sus otros dos hijos, que se fueron del pueblo para alejarse de su padre, a sus nietos, que quizá eran sus propios hijos también... porque si era una mala bestia para pegar, también debió ser una mala bestia para abusar.

Trago saliva y disimulo el horror de mi cara al imaginar esa vida miserable y desgraciada. Inés continúa hablando, así que dejo las emociones a un lado y me centro en la explicación. Su voz no transmite vergüenza o tristeza, más bien tiene un tono de confidencia y de leve enfado. Ella siempre ha sido una mujer independiente, muy cercana al concepto de feminismo, aunque a primera vista no lo parezca, pues se tiende a malinterpretar su imagen de princesa de cuento. Supongo que por eso no niega ni desaprueba la posibilidad de la prostitución de la abuela Elvira. 

- La teoría más aceptada es que mi padre y la tía Mariana fueran hijos del tío Bernardo, que no era tío nuestro de sangre ni nada, pero lo llamábamos así por la familiaridad que siempre tuvo con todos. El tío Bernardo estaba casado y no tuvo hijos con su mujer, así que casi crió a mi padre y a la tía Mariana como si fuesen sus hijos. Seguramente lo fueran.

- ¿Y la tía Soledad? 

- Oh, ella lo pasó muy mal. No entendía por qué no podía ir a vivir con el tío Bernardo y sus hermanos, así que fue la que más sufrió la tiranía de su abuelo Basilio. Además, es la única que alguna vez ha comentado que vio salir de la habitación de su madre a diferentes hombres arreglándose los pantalones, y aunque de pequeña no entendía nada, de mayor comprendió a qué podía dedicarse la abuela Elvira. A saber quién fue su padre.

- ¿Y los hermanos de la abuela Elvira? ¿Por qué no volvieron para ayudar a su hermana?

Inés se encoge de hombros y hace una caída de ojos que lo dice todo sin pronunciar ni una palabra. Claro. A quién le iba a preocupar la suerte de una hermana prostituta...

- No se sabe. Dicen que uno se cayó del caballo y se quedó tan mal que lo encerraron en un hospital de monjitas para que lo cuidaran, aunque se sospecha que no existió tal accidente, sino que era esquizofrénico, una enfermedad que en aquella época no se entendía, y se lo sacaron de encima. El otro hermano se largó a Madrid y no volvió nunca, y aunque se casó, no tuvo hijos.

Mientras ella se hace las pruebas médicas, yo memorizo todos los datos que han ido surgiendo durante el trayecto. Un molesto sentimiento agridulce me empieza a molestar. Por un lado, saber todo esto me ayuda a dibujar mejor la vida de mis antepasados; por otro, me doy cuenta de todos esos esqueletos en el armario que tiene la familia y que nadie se ha molestado en limpiar. Quizá Ana tenga razón, me ha tocado ser la limpiadora de esos baúles llenos de recuerdos... 

Inés sale de su última consulta, algo ciega por las gotas y con unas pupilas tan grandes y brillantes que parece El Gato con Botas. Todo bien, no hay nada de qué preocuparse.

La conversación se retoma en el camino de vuelta. Esta vez le toca a la bisabuela Josefina: hay que equilibrar la balanza de descalabros familiares.

- La abuela Josefina fue la persona más buena que he conocido jamás - lo dice con tanto amor, de corazón, que en ningún momento dudo de la palabra de mi tía - buena, buena, buena como no ha habido nadie en este mundo. Ella, de jovencita, tenía un novio que también la quería, pero los padres de la abuela Josefina, al ser la hija pequeña, la obligaron a casarse con otro, un primo lejano suyo, Ramón - la expresión le cambia. Su mirada azul, todavía dilatada, se pierde en algún punto de sus recuerdos, pero continúa explicándome sus teorías - el abuelo Ramón también fue otra mala bestia... - sus palabras se endurecen - los hombres de la familia nacen tarados. Por eso todas somos mujeres. Porque los pocos hombres que nacen, ya sean de una rama u otra, son unos tarados: el tío Joaquin, el primo Miguel Ángel, el primo Carlos, mi hijo Joan...

Permanezco en silencio. Ella parece reflexionar. O quizá haga acopio de fuerzas para continuar un relato que a duras penas puedo intuir. 

- Por eso odio a mi padre, porque es una mala bestia y nos está dando por saco en su vejez. Por eso odio a mi madre, porque cuando le dije que el abuelo Ramon abusaba de mí no hizo nada por creerme. Por eso soy incapaz de querer como debería querer a mi hijo, porque es clavado a mi padre y a veces se comporta como un burro tarado...

Yo me quedo de piedra. No me atrevo a interrumpirla, pero me conozco y sé que esto me va a pasar factura. Cuando llegue a casa me romperé en pedacitos y durante unos instantes no soportaré saber lo que ahora me está confesando Inés. Odiaré a mi abuelo, por ser el tirano en el que se ha convertido, y desearé que se muera de una vez por todas para que nos deje vivir en paz. Odiaré a mi abuela, por no haber sido buena madre, por habernos enseñado por una parte a ser mujeres fuertes y por otra a ser débiles sumisas. Odiaré a mis ancestros, por ser más parecidos a monstruos que a personas. Y me odiaré a mí misma, por llevar esos genes en mi interior.

- Y estoy segura que la tía Ángela tiene ese extraño tabú porque su padre, el abuelo Ramón, también debió abusar de ella de pequeña.

- ¿Qué tabú? - a estas alturas, ya no me va de saber una desgracia más.

- Nadie la ha visto jamás desnuda. Ni su marido, ni sus hijas, ni nadie. Ni una teta, ni recién salida de la ducha. Nada. Esa obsesión con taparse no es normal.

- ¿Entonces hemos nacido casi todas mujeres por eso? - redirijo la conversación a un punto anterior.

- Bueno, es una buena teoría. Y además, por eso somos mujeres independientes que no solemos contar con los hombres. Somos una familia matriarcal a la que no le gustan los bebés, ni hemos tenido instintos maternales. Porque, ¿tú has visto muestras de amor entre los abuelos, mis padres? - niego con la cabeza - ¿cómo vamos a querer ser madres en matrimonios perfectos si nunca hemos tenido muestras de amor entre nuestros padres? Porque ser padre no significa darte un techo y un plato de comida, significa cariño y ternura. No que te transmitan que molestas. Mi madre se quedó embarazada de mi padre con diecinueve años cuando él ya era un hombre de casi treinta. ¿Y sabes qué le contestó cuando ella se lo dijo? "Ese niño no es mío, tú te has acostado con otro".

Otro mazazo más. Es evidente que si un matrimonio se basa en un enlace obligado, amor, lo que es amor, bien poquito. Y culpa, odio, rencor... de eso, a patadas.

Tras dejar a mi tía en casa de mi madre, me derrumbo en mi casa rememorando todo lo relatado. Mi tía, mi fantástica tía... ¿por qué ha tenido que recibir tanto daño? ¿acaso ella es algún tipo de chivo expiatorio? ¡Pues malditos el árbol genealógico, el destino y todas esas mandangas faranduleras new age! ¿No se supone que tenemos guías protectores, según Ana? ¿Dónde están? ¿Dónde han estado en esos momentos que los que han sufrido los han necesitado? 

Me parece tan increíble que no lloro más porque tengo la sensación de que me hayan contado el argumento de un culebrón venezolano, y me río algo desesperada de mi ocurrencia. Me sorprendo a mí misma aguantando el tipo mejor de lo que esperaba, y empiezo a anotar todos los detalles que han ido surgiendo para no olvidarme de nada.

En mi mente se generan miles de preguntas más, pero ya no sé dónde acudir para recibir respuestas.

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