Lex Hermae

Ego, Prisca, me ordinem sodalesque fideliter adiuvare me vivo hac re iuro.

dimarts, 6 de maig de 2014

Castigo

Cuento cortito inspirado en las Musas a la carta, aprovechando la ambientación de mi saga La Orden del Pacto.




  1. Sobrenatural, Mundo alternativo
  2. Una persona desaparecida aparece
  3. Mundo de fantasía
  4. Enemigo: profesor o científico loco
  5. Protagonista: hombre




Mi cerebro aún no cree lo que mis ojos le transmiten. Estoy seguro que toda la Corte piensa lo mismo que yo. ¿Por qué, después de tantos siglos humanos, ha vuelto Koant a Transarcanum? ¿Qué le ha traído de nuevo al Bosque Plenilunio?



Busco un hueco entre mis diecisiete hermanos para hacerme sitio en una de las ramas forradas de plata, las que sólo pueden ser utilizadas por la familia real. Todos miran de forma agresiva a aquél que ya no consideran de su sangre. 

Ahora Koant parece un agreste desnudo aunque vista como un humano, pero sin el atractivo de esa raza débil. ¿Acaso el Mundo Material estropea tanto a los nuestros? Se cuentan muchas historias del Mundo Material y el efecto de los humanos sobre los seres inmateriales, y, aunque todos provenimos del mismo mundo, ya casi nadie recuerda su experiencia material. Pocos son los agrestes que deciden regresar de nuevo al Mundo Material, y muchos menos los que vuelven para explicar la extraña vida que allí experimentan.



Me toco instintivamente la cara buscando los rasgos comunes que compartimos mi hermano y yo. Koant ha cambiado. Sus pies, sus manos y la zona del antifaz ya no están pintados de blanco, sino que muestra impúdicamente su piel oscura, aquella piel que solo debería estar reservada para los ojos del ser amado y de la familia más íntima, desafiando el orden establecido por la reina Naurilia, nuestra madre. De su cabello de color del roble envejecido ya no cuelgan las trenzas rituales de su profundo apego a la tierra y a las raíces de los árboles que son nuestro hogar, ni las plumas del ave del Averno que cazó en Reflejo para demostrar su adultez.



Pero aún así, los cambios que más curiosidad me despiertan no son los físicos, sino los invisibles, aquellos que nadie aprecia a simple vista pero que percibo en su extraña aura fae. Quizá porque Koant y yo, más que hermanos, fuimos amigos, puedo leer fácilmente en sus ojos la permuta de su terquedad juvenil por madurez y aplomo.



Los agrestes nos balanceamos en las ramas mientras gritamos cánticos de guerra y de rechazo, odas que el mismo Koant gritó hace tanto tiempo junto a nosotros. Aunque en el Mundo Inmaterial el tiempo no pasa, pues todo permanece igual, él sí que ha vivido los cambios del Mundo Material. Podría ser un padre para mí, y sin embargo nacimos del mismo tronco de roble.



Él permanece de rodillas, el único que toca con sus pies la húmeda tierra, humillante para un príncipe. ¿Acaso creyó que se le recibiría en la rama más alta de Aliseda Blanca?



Madre alza su blanquecina mano y todos callamos. Su rama de oro apenas se mueve cuando pasea de un lado a otro, Ella es discreta, invisible para aquellos que no saben buscarla. Naurilia, la que tiene la maestría del junco, la elegancia de la vara de avellano, la fuerza de la corteza de sequoia, ni siquiera mira a su hijo rechazado, como si no fuese más que una sombra de algún raquítico árbol.



Madre permite que hable. Koant clava su mirada de castaño en la reina, la que una vez fue su madre también. Demasiada osadía, incluso para él, que fue un príncipe amado… ahora no se le consentirá tal soberbia, pero extrañamente Madre no se enfurece.



-          He visto cosas hermosas, he visto cosas terribles – su voz es apenas una brisa diáfana entre arbustos – y no me arrepiento de mi decisión, madre.



¡Madre! ¿Aún se atreve a pensar que la agreste reina Naurilia lo ha acogido como a un hijo? Algunos de mis hermanos gruñen, la plebe aúlla, pero yo agudizo el oído para no perder detalle de su relato. Si madre lo ha dejado con vida, es que debe ser primordial lo que tenga que decir.



-          Hay una posibilidad de volver a conquistar el Mundo Material, hacerlo nuestro de nuevo, como antaño. Sólo hay que aliarse con un médico humano al que se conoce como Malerba. Él nos puede proporcionar recipientes humanos a todos los que luchen a su lado durante la guerra que va a comenzar…



¡Un médico humano alzándose en contra de todos los Mundos y del orden establecido! Siempre creí que los médicos debían procurar salud y bienestar a los suyos, y sin embargo los humanos tienen médicos que declaran guerras. Cada vez tengo más curiosidad por conocer a un humano. Un humano vivo y material de verdad, no esos embajadores fantasmas que de vez en cuando llegan a Aliseda Blanca desde las Tierras Lejanas, pues tienen tanto contacto con su antiguo mundo como nosotros.



El cuerpo de Koant no tiembla, aunque en sus ojos percibo una carencia de seguridad en su discurso. Quizá él mismo no las crea, sino que viene en nombre de ese Malerba. Un príncipe desterrado bajo el mandato de un médico rebelde, ¿cómo ha caído tan bajo? No envidio a mi hermano. Él ha perdido mucho más de lo que ha ganado. Ya no tiene familia, ya no tiene clan, ya no tiene el apoyo de los suyos y vaga desnudo entre mundos.



Mientras divago, escucho gritos ahogados de estupor. Fijo mi mirada en Koant, pero él no es el origen del desconcierto colectivo. Madre acaba de bajar de su rama de oro. Ha puesto sus inmaculados pies en la tierra ocre y se acerca a Koant hasta prácticamente rozar con sus piernas la cabeza del que una vez fue su hijo. Entonces ella permite que se incorpore, quedando a la misma altura.



Los agrestes somos guerreros por naturaleza y pronto la guardia real se rebaja con su reina a tocar el suelo. Los látigos y las lanzas se preparan demandando sangre traidora. Todos mis hermanos se han puesto en guardia, algunos han bajado a tierra y otros planean alrededor de la atípica estampa con sus hojas de cedro en los pies.



Yo, simplemente observo sin moverme de la rama de plata. He tensado el arco y apunto en la frente de Koant. Él sonríe, sabiendo que es un triunfo el haber hecho bajar a la reina Naurilia de su rama de oro. Ella está interesada en lo que tiene que decir, pero madre no parece querer compartirlo con su clan. Los dos susurran, aunque es Koant quien lleva el peso de la conversación. No lo recordaba tan derrochador de movimientos, gestualiza con el rostro, alza los brazos, representa lo que dice… sin escucharlo soy capaz de entender la conversación. Se ha vuelto descuidado y apasionado, llama demasiado la atención.



¿Así que Malerba fue poseído por un devorador de Reflejo, un enemigo de los Mundos? Eso no tiene sentido, si Koant se escuchara, se daría cuenta de que ningún ser inmaterial se pondrá jamás de parte de una bestia sombría… ah, Malerba es quien controla los poderes del devorador, ¿desde cuándo puede ocurrir eso? Rebusco en mi memoria alguna leyenda o cuento que mencione algo parecido, pero no encuentro nada. Los devoradores siempre han sido los enemigos de los Mundos. Nadie puede cambiar eso. 

Koant agita sus manos, aprieta los puños e intenta convencer a madre de lo muy conveniente que es la alianza con Malerba. ¿Desde cuándo Koant clama venganza por las tierras perdidas en el Mundo Material, desde cuándo le importan los límites de nuestro clan? Se deja arrastrar por la pasión de una represalia removida por ese Malerba que ya nada tiene que ver con los agrestes.



Sin responder nada, madre, nuestra reina Naurilia, clava sus dedos afilados en el robusto vientre de Koant, tiñendo de clorofila su mano blanca. No le hace falta hablar, pues ella ha impartido la ley de los faes agrestes como soberana que es.



Los enormes ojos del color del castaño de Koant se agrandan hasta cubrir prácticamente todo su rostro. ¿Le sorprende que madre lo ejecute? ¿es que ha perdido los recuerdos en el Mundo Material? Se desliza ante ella, el vientre reventado se muestra como una flor carnívora que engulle su existencia.



-          Hijo mío, volverás a nacer en el seno de tu clan. Te acabo de conceder una nueva oportunidad para redimir la culpa de tus actos.



Las armas que vigilaban a Koant descansan al unísono mientras él yace en el suelo, a los pies de madre. Yo bajo mi arco, no hay necesidad de seguir apuntando el cuerpo inmaterial de mi hermano, pues en breve desaparecerá en la esencia fae. No me apeno por él, más bien le envidio por haber conseguido la generosidad de madre. Volverá a nacer en la próxima camada como un ser puro, impoluto. Con suerte olvidará esta existencia y no cometerá los mismos errores, o quizá la recuerde y pueda aprender de ellos.



Mis hermanos suben de nuevo a las ramas, los guardias vuelven a los límites de Aliseda Blanca para otear las lindes del Bosque Plenilunio. Yo miro a madre, que parece estar en comunión con el Anciano Aliso. Algo le remuerde la conciencia, lo sé. Pero no me lo dirá. Sólo las madres perdonan, pero ella es reina. Ella sólo puede castigar.

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