Lex Hermae

Ego, Prisca, me ordinem sodalesque fideliter adiuvare me vivo hac re iuro.

dijous, 24 d’abril de 2014

El Toro y el Escudo

Ya que ando escasa de tiempo para dedicarle a una novela (con las ganas que tengo de escribir bien, mecachis...), me entretengo jugando con las palabras, con mis Musas a la Carta. Esta vez, además he escogido dos palabras al azar de un diccionario pequeñajo que tengo por casa y he inventado algo rápido como ejercicio para no anquilosarme tras tanto tiempo sin escribir seguido. 

Las dos palabras: escudo y toro. 

El azar:

2. Histórica
15. Elegido para un cometido concreto
2. Época clásica
Enemigo:  8. Orden legal establecido
Protagonista: hombre


Éste ha sido el resultado, sin corregir ni nada:



El toro se posicionó entre las huestes enemigas y él. Un toro metálico, de metales nobles, protector y compañero de batallas: el escudo que heredó de su padre y que éste recibió de manos de su abuelo, que lo consiguió como botín cuando acabó con el sargento de la legión, Caius Severus.

El Toro brillaba y los enemigos retrocedían. Era un escudo impenetrable, algunos lo veneraban como mágico, incluso se decía que el propio Hefesto lo había cincelado sobre la dura madera de roble. Quizá fuese cierto, pues el poseedor del Toro jamás perdía batalla, no mientras no guardasen el escudo en tiempos de paz. Ése fue el castigo que padeció el sargento Caius: dejó el escudo en un pedestal de su domus como si fuese un simple objeto decorativo, y el Toro se rebeló contra él, propiciando las guerrillas íberas que lo llevaron hasta manos de su abuelo.


Un objeto maldito, en realidad, pensó Tubla, cubriéndose tras él y evitando el envite de las flechas hambrientas de carne humana. Un objeto que jamás quedaría saciado de sangre. Y por eso mismo, él guerrearía contra los romanos como sacrificio a su tesoro más preciado.

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