Lex Hermae

Ego, Prisca, me ordinem sodalesque fideliter adiuvare me vivo hac re iuro.

dissabte, 12 d’abril de 2014

Sit tibi terra levis



De nuevo, una tirada en el Musas a la carta, y de nuevo, unas premisas algo estrambóticas. Pero como ejercicio de improvisación es una maravilla. 

Bueno, ahí vamos.

1 Apocalipsis
2 Fiesta antiguos compañeros
3 Época clásica
4 compañero de trabajo
5 Hombre

Sit tibi terra levis: que la tierra te sea leve


La domus está llena de gente respetable de toda la ciudad y de la cercana Pompeya. Incluso esperan que en breve aparezca el famoso Gayo Plinio Segundo, que se dignará a presentarse a tal memorable evento.

El joven Flavio se esmera en atender a su Dominus, Vibio Calidio Merula, que rebosa orgullo como anfitrión de la fiesta, una conmemoración muy especial para aquellos poderosos hombres, pues todos son discípulos del ya fallecido maestro Publio Pomponio Segundo. Es un buen amo, no los castiga con severidad y suele compensarlos en los días señalados con raciones de carne de cerdo y vino.

- Brindemos, pues, por nuestro querido aunque difamado mentor Pomponio, que con tanto esmero nos enseñó en nuestra juventud y nos ha convertido en hombres de provecho – Calidio alza la copa y sus invitados lo imitan.

Beben rápido, solemnes, todavía demasiado sobrios para disfrutar de los manjares exquisitos y de los extravagantes espectáculos, dejándose abanicar por las doncellas que palian el extremo calor del verano con sus hábiles y calculados movimientos.

Flavio se afana en rellenar las copas de vino especiado mientras admira por el rabillo del ojo la exótica danza de las danzarinas nubias. Sus cuerpos serpentean al ritmo de la cítara y el tambor, y la flauta doble gorjea la melodía de los pájaros cantores de la mañana. Por un momento se queda embelesado, soñando despierto que baila con el exuberante cuerpo oscuro de la bailarina más bella, la de ojos embrujados y piel brillante como el ópalo pulido.

- ¡Espabila, Flavio! – le susurra su compañero Lucio – tenemos que traer más vino de la bodega.

Vuelve en sí, avergonzado por haber sido sorprendido, aunque no tiene tiempo de pensar más en eso; simplemente, se concentra en seguir al joven esclavo por los preciosos pasillos de la villa.

Chop, chop, chop… inconscientemente, Flavio se para y mira hacia el exterior. El cielo se ha vuelto extrañamente negro y una lluvia cubre la calle adoquinada de polvillo negro. Mal augurio, exageraría su madre… pero esta vez, él también lo cree. Tose, nota ese fino polvo flotando en el aire, penetrando por su nariz, invadiendo su boca.

Lucio estornuda y tose violentamente. Se miran con miedo, sin comprender.

- ¡Hades invade la superficie! – consigue decir sin dejar de mirar al exterior oscuro, llevándose hacia el rostro el paño con el que cubre la jarra.

Menuda tontería… y sin embargo, él también teme que el dios del Inframundo reclame aquellas tierras para su reino. Se miran sin decir nada más, los ojos de Lucio brillan con la chispa de la vida aún no disfrutada, y en el corazón de Flavio nace la imperiosa necesidad de amar con locura a alguien antes de morir… ¡no, se niega a morir! ¡Hades no puede reclamarlo aún, es demasiado joven!

Corren entre los demás esclavos, que miran atónitos la fina capa de polvo que rápidamente empieza a formarse por los pasillos y por las salas.

El aire se hace irrespirable dentro de la casa y el olor a azufre se va intensificando rápidamente. Los gemidos de temor y de incomprensión han sustituido la música y los cantos festivos.

- ¡Hay que salir de la casa! – grita alguien.

Todos se agolpan en las puertas en busca de una bocanada de aire respirable. Esclavos empujan a señores, hombres de regio temple ignoran el auxilio de mujeres asustadas, las madres buscan consuelo pueril en los brazos de sus hijos…

Esas reacciones exageradas asustan más a Flavio que la propia lluvia negra, una maldición condensada de ceniza, fango y piedra que ya ha cubierto la calzada y el patio al igual que la nieve blanca en invierno.

Lucio lo empuja para salir, buscando bocanadas de aire salubre inexistente.

- ¡Yo no salgo! – le grita entre toses - ¡hay que ponerse a cubierto!

- ¿Dónde? – le pregunta desesperado - ¡el aire está corrupto!

La bodega… la puerta está bien sellada, lo bastante apartada para imaginar –y desear- que la niebla tóxica no haya invadido su inalterable clima. Sin explicarse, corre hacia ese lugar que tan bien conoce con la esperanza de que la niebla negra no haya emborronado su mente.

¡No! La bodega está cerrada a cal y canto. Pisadas confusas han esparcido la ceniza creando un mapa indescifrable en el suelo sucio. Los dos tosen fuertemente, con la voluntad mermada y los pulmones espesos. Flavio se arrancaría la garganta si así pudiese respirar mejor…

De pronto, la puerta de la bodega se abre. Cayo, el padre de Lucio, arrastra entre toses a su hijo hacia el interior del único sitio que Flavio tiene la certeza de estar libre de esa nube de muerte. Estira el brazo, clamando ayuda, pero Cayo ignora su ruego.

- No… caben… más… – se justifica entre toses convulsas.

La puerta se cierra. Flavio gritaría, pero su cuerpo sólo reacciona ante la inminente asfixia. Lloraría, pero está tan concentrado en mantenerse vivo que no le da tiempo a ello. Oraría, pero ¿qué dios atendería sus desesperados ruegos cuando Hades ya se está paseando por las calles de Herculano?

Ninguno. La guerra entre los dioses ha comenzado. Por eso, con la misma certeza que de un momento a otro va a morir, sabe que es el fin del mundo que él ha conocido.

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