Lex Hermae

Ego, Prisca, me ordinem sodalesque fideliter adiuvare me vivo hac re iuro.

dimecres, 23 d’abril de 2014

Sant Jordi 2014

Inauguro con este relato las idas de olla de la Orden del Pacto y sus invocadores, conceptos que inventé en mi primera novela y que me ha dado pie a desarrollar unos héroes, una ambientación sobrenatural y una guerra entre seres espirituales que bien valdría un juego de rol... pero esos son otras historias. 

Hoy nos conformaremos con un cuento corto improvisado para conmemorar este fantástico Día de los Libros.



Pasos. Acercándose. Eco de pisadas en la gravilla rebotando a su alrededor… Elisa levantó la cabeza de entre sus rodillas para escudriñar la penumbra que la arropaba y a su vez mantenía al mundo a salvo de ella.

Tiritó de miedo, pero no por ella, sino por el peligro que representaba a cualquiera que se acercase. Se agazapó aún más, queriendo mimetizarse con las piedras artificiales de la bucólica cueva del parque urbano.

        ¿Elisa?

Se mantuvo agazapada, sin casi respirar. Aquella voz… ¿acaso no era la grave y viril voz de Jorge, el nuevo profesor del gimnasio? Imposible. Apretó las sienes entre las manos, escondiendo la cabeza en las rodillas de nuevo, apretando bien fuerte los párpados para sumirse de nuevo en la pesadilla y poder despertar de una vez por todas. Era eso o se estaba volviendo loca como su tía Rosa, la que decía que podía hablar con los animales de su granja.

Los párpados se le cerraban entre sordos gemidos de cansancio, pero los abrió de par en par cuando las inquietantes imágenes se volvieron a adueñar de sus pensamientos. No, otra vez no… ¿por qué veía aquello, por qué sentía que su cuerpo ya no era suyo, sino el recipiente de algo horroroso que la había invadido?

        ¿Elisa? – volvió a escuchar un poquito más cerca.

¿Quién querría encontrarla? ¿Quién, si no sabía quién era ella misma? ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Cuánto tiempo había pasado desde… desde cuándo? Ni siquiera recordaba haberse levantado de la cama esa mañana. Maldita sea… ni siquiera recordaba por qué su ropa era un lío de jirones chamuscados, era incapaz de hilar aquellos delirantes recuerdos que más parecían pesadillas para darles una explicación razonable.

Una sombra más oscura que la penumbra se recortó ante ella. Una sombra bien torneada, enorme, que se fue acercando con cautela hacia Elisa. Ella se escondió tras sus brazos, asustada. Solo quería estar sola, perderse en la penumbra y desvanecerse como niebla…

        No voy a hacerte daño - susurró el profesor del gimnasio acuclillándose lentamente – vengo a ayudarte.

Separó los brazos con lentitud. Sí, era Jorge, el mismo profesor que las más discretas, como ella, se comían con la mirada cuando él se daba la vuelta y que las más lagartas directamente se le insinuaban entre clase y clase. Era absurdo, Jorge ni siquiera sabía su nombre… ¿acaso volvía a delirar?

     Nadie puede ayudarme – sus palabras sonaron más desesperadas de lo que ella hubiese querido, pero a esas alturas ya no le importaba – estoy perdiendo la cabeza como mi tía Rosa. Vete…

Rompió a llorar al verbalizar aquella realidad. Estaba loca, sentía que algo en su interior se removía y se adueñaba de su voluntad como si fuese una poseída.

La caricia de la mano de Jorge en su mejilla provocó un leve temblor en su labio. Incluso en la penumbra, Elisa comprobó que los ojos de aquel tío bueno eran de color ámbar. Nunca antes se había atrevido a mirarlo de frente, siempre soñando con él en la intimidad de su habitación, suspirando entre las máquinas y las clases dirigidas para toparse con él de frente. Y ahora, que ella era una piltrafa humana, cuando quería desaparecer del mundo, ahí estaba él, buscándola a saber por qué motivo.

        Cuéntame lo que te pasa, yo estoy aquí para ayudarte, Elisa.

Ella se dejó acunar y se instaló entre sus brazos, primero con reticencia, después aliviada por tener un hombro en el que llorar a moco tendido. Ya no le preocupaba tener el maquillaje corrido, la ropa sucia y rota como si la hubiese encontrado en un basurero, u oler a perros muertos tras un día olvidado que a saber por dónde habría deambulado. Quizá era producto de su mente, una broma amable para que abrazase la locura con más ganas. ¿Qué más daba? Soñaba que Jorge la abrazaba y ella le contaría sus penas.

    He soñado que la casa de mis padres ardía, que yo escupía fuego por la boca y calcinaba todo a mi alrededor.

        ¿Qué hicieron tus padres para provocarte?

Ella lo miró aturdida. ¿Acaso se creía que ella escupía fuego? ¿Y que había un motivo para ello? Él no apartó su mirada. Hablaba en serio.

        Me dijeron que me llevarían al psiquiatra, tenían miedo por mis repentinos episodios de amnesia esta última semana, decían que provocaba pequeños fuegos en la casa con mi mirada y que maté a Lilu, la chihuahua de mi madre – una desagradable imagen de las vísceras de la perrita le provocó una ligera arcada – para comerme sus entrañas – miró de nuevo a Jorge, esperando una risotada, o quizá una mueca de desesperanza – pero yo no recuerdo nada de eso…

       Elisa, escúchame bien – Jorge se sentó ante ella y cogió su cara fría con las dos manos – no es culpa tuya, tú no estás loca ni lo has hecho conscientemente. Escúchame – le giró la cara con determinación cuando ella desvió la mirada – dime si hace poco ha pasado algo extraño, alguna anécdota algo… paranormal, o alguna situación inexplicable.

Se esforzó en recordar. Su vida había sido rutinaria hasta apenas una semana antes, justo después de…

        Hace un par de fines de semana me fui de excursión. Comenzó a lloviznar y me refugié en una cueva – miró a su alrededor – una como ésta, pero natural. Una lagartija, quizá un lagarto, me mordió la mano. Sentí un escozor como si me hubiese quemado, pero pronto pasó y no le di más importancia…

Sin apenas acabar la explicación, Jorge ya había cogido su mano y la examinaba concienzudamente con una pequeña linterna de mano. Ella se quedó en silencio notando el suave calor de los dedos de él en el dorso de su mano. Era una sensación tan atrayente que por un momento deseó vivir aquella situación en otro lugar, en otras circunstancias. Una cita como Dios manda.

       Elisa, un espíritu muy poderoso te ha poseído porque eres un recipiente activo – la miró seriamente y ella casi –casi- le pareció lo más coherente del mundo – el espíritu de un dragón renegado.

       Ahora sí que me he vuelto loca del todo – rió con amargura – estoy delirando, imagino que mi monitor del gimnasio me dice que estoy poseída por un dragón…

       No soy instructor de gimnasio, soy un invocador – la cortó él educadamente, aunque sin concesiones a que desvariase – pero no hay tiempo para explicaciones. Simplemente debes saber que yo puedo exorcizar aquello que ha invadido tu cuerpo porque hace tiempo que ando tras sus pasos. Confía en mí, Elisa, y tu vida volverá a la normalidad.

No había entendido la mayor parte de los conceptos que Jorge le había nombrado, y aún así algo en su interior le decía que podía confiar en él. Asintió levemente con la cabeza y por primera vez, Jorge sonrió. Era una sonrisa preciosa, con dos hoyuelos junto a las comisuras de los labios que Elisa tuvo ganas de besar. Pero en vez de eso, se dejó guiar por Jorge, que la recostó en el frío suelo de la cueva y la cubrió con su chaqueta y su jersey, quedándose con el torso desnudo, el magnífico torso por el que muchas de las que asistían al gimnasio pagarían por ver. Hasta ese momento no había sido consciente de lo helada que estaba, aunque se calentó con rapidez ante la magnífica visión del profesor… ¿era aquello el enorme tatuaje de un magnífico león en su espalda?

Jorge empezó a susurrar una letanía de cadencia rítmica e hipnótica. Entonces lo notó. Algo se removía violentamente en su interior, pero no era nada físico… algo empujaba su alma a que saliera de su cuerpo, como un okupa que quisiese echar a patadas al inquilino legal de una casa. Su cuerpo vibró con el rugido fantasmal de algo que bien podría haber sido un dinosaurio de Parque Jurásico cuando las oraciones de Jorge se hicieron más intensas. Sí, algo luchaba por permanecer dentro de ella y se agarraba con garras y dientes. Elisa gritó de dolor, parecía que la estaban desgarrando por dentro. Pataleó y se removió en un vano intento de paliar el terrible sufrimiento. Se estaba desgarrando, casi prefería morirse de una vez que contemplar sus tripas tiradas en el suelo de una gruta.

Cuando creía no poder soportar más padecimiento, éste acabó abruptamente.

    ¡Elisa, respóndeme! – la voz de Jorge parecía lejana, pero ella sabía que era él quien la ayudaba a incorporarse - ¡dime si estás bien!

        Sí… - logró murmurar, desfallecida.

Jorge la abrazó fuerte, la apretó contra su pecho entre suspiros de alivio. Por muy débil que se sintiese, Elisa quiso regalarse una sonrisa de satisfacción, ¡él la estaba abrazando! ¿Acaso sólo por eso no valía la pena haber pasado por toda esa locura?

        Todo esto es muy raro, Jorge.

        Lo sé, te lo explicaré mejor cuando hayas descansado – la levantó en brazos para sacarla de allí y ella se sintió totalmente protegida – aunque lo mejor será que olvides todo lo sucedido, por tu propio bien.

        ¿Mis padres están a salvo?

      Sí, el fuego se ha achacado a un cortocircuito, pero tú no te preocupes por los detalles, de todo eso nos encargamos nosotros.

        Después de esto… ¿seguirás siendo mi profesor en el gimnasio?

Él sonrió por segunda vez y ella rodeó su cuello con los brazos, recostándose en su hombro. Había estado al borde de la locura, del suicidio y quién sabe si del parricidio… ¿pero qué más daba? Parecía que todo se estaba arreglando como en las leyendas y los cuentos. El héroe rescata al patito feo en apuros y la calabaza se convierte en castillo…

El día comenzaba a despertar. Los primeros puestos de rosas llamaban la atención de los trabajadores más madrugadores que se dirigían a sus puestos con una sonrisa en los labios. Mesas llenas de libros que prometían mil y una aventuras dentro de sus páginas se agolpaban por las calles, pero ellos pasaron de largo de todos esos reclamos. Ellos ya habían vivido la aventura de libro. Ahora era el momento de deshojar la rosa del amor.


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