Lex Hermae

Ego, Prisca, me ordinem sodalesque fideliter adiuvare me vivo hac re iuro.

divendres, 13 de juny de 2014

Obsesión 11



Me niego a creer que todo lo que está sucediendo sea fruto de la casualidad. Imposible. Antes creería que una entidad sobrenatural se ha fijado en mi triste vida y está jugando conmigo para darme todo lo que anhelo para arrebatármelo después. Y así reírse de mi destino durante toda su eternidad.

Pero no me quejo. Voy a disfrutar hasta el último minuto de esta suerte fortuita, pues en cualquier momento puede acabar. Sí, todo es un plan del destino.

Esta mañana Chili ha entrado en la tienda a mirar ropa. Cuando me ha mirado, he vislumbrado que intentaba rebuscar en su mente la imagen de mi cara, me ha reconocido aunque seguramente no acertaba a ubicarme. Martina, mi jefa, ha salido velozmente a saludarla, haciendo muecas y muestras de falsa alegría, parece ser que Chili es clienta preferente de su tienda. Se la ha llevado como si fuese una guía turística enseñando las maravillas de una ciudad, mientras no paraba de hablar y de sacar ropa de todos los percheros. Yo, en silencio, iba contemplando la escena con rabia y estupor, sin que se me hubiese dado la oportunidad de entablar una simple conversación laboral con mi adorada Chili.

Sonó el teléfono, y qué suerte tuve que era una de las costureras de ropa, que llamaba a Martina para un asunto urgente sobre unas telas que no llegaban.

Chili se encontraba en el vestuario y yo me acerqué hasta allí para atenderla. Por fin abrió la cortina… espectacular con un corsé de raso violeta. Me pidió ayuda para atarlo y comencé a pasar la tira de la espalda hasta arriba, dando una fuerte lazada. Por un momento sentí la fuerza superior del dominio. Un sonoro suspiro se escapó de sus labios, y noté que le costaba respirar. Sus pechos habían quedado tan aplastados, que inconscientemente pasé mis manos por su cintura, desde la espalda, y ajusté el escote para que el pecho quedara en su sitio. Dos montañitas blancas surgieron de ese escote, suaves y cálidas, y me perdí en esa imagen. Duró poco, eso sí, porque Chili se giró violentamente, apartándome las manos y adoptando una postura defensiva que me recordó a las películas de de Bruce Lee, mientras me decía “mis tetas me las coloco yo, ¿entendido?” Asentí, pidiendo perdón, mientras ella volvía a una posición relajada, mirándose al espejo, examinando detenidamente su cuerpo encorsetado.

Aproveché para traerle la última adquisición en ropa interior: un culotte trabajadísimo de fino hilo negro de ganchillo con unos cristales facetados de Swaroski en la parte de la cadera, hecho a mano por ancianas polacas. Los ojos de Chili brillaron y aceptó probárselo con una sonrisa en los labios. Oh, dichosos mis ojos, que pudieron ver cómo la costura se perdía por entre sus nalgas, y cómo su delicada piel brillaba por debajo de tan intrincadas filigranas de hilo. Sólo lo afeaba el horrible plástico higiénico que llevaba pegado por dentro, así que en mi osadía le propuse que lo quitara, que una clienta como ella tenía derecho a ver esa pequeña obra de arte bien puesta en su cuerpo. Chili sonrió, se metió en el vestuario y salió en pocos segundos… sólo la estridente voz de Martina me mantuvo en la realidad.

Finalmente se llevó el corsé, pues el culotte no se lo podía permitir (60 euros, y sin sujetador), así que lo dejó en el mostrador con la tristeza empañando sus ojos azul vidrioso. La vi salir por la puerta, creyendo que volvería a entrar para llevárselo, pero no fue así. Se alejó, sin más.

Ni me lo pensé, automáticamente pagué el culotte y me lo guardé como si fuese un tesoro arcano.

Y desde que he llegado a casa, no puedo dejar de acariciarlo. acariciar con él mi rostro, hundiendo mi nariz en sus frágiles puntadas.

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